lánguida crónica

aprendí a esperar

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descargo minero

Así vestida tengo la ilusión de que las ideas fluyan más claras, no sé, voy a probar. Me puse el casco y la campera rompe vientos marca Ansilta que nos regaló la multi a todos los empleados cuando cumplimos 5.230.000 horas trabajadas sin lesiones. La primera persona del plural responde al sentimiento de cuerpo con el que pretendo decir algunas cosas, y a nada más. Aclaro esto porque el aporte personal al record de seguridad alcanzado es nulo. Mi única intervención en esos índices medidos obsesivamente por más de una gerencia fue para bajar el promedio. Fue hace unos años, me caí de una repisa a la que subí para toquetear el aire acondicionado, me hice pelota y compliqué el gráfico de lesiones inhabilitantes de ese mes. Lo grave y lo irónico fue que mi locación en esta empresa era —es— una oficina en Buenos Aires, y no había allí nada que representara a priori un potencial riesgo para los protocolos preventivos que abundan en la actividad. Aunque la caída en una sala de reuniones cualunque no podía preverse, en los registros mi legajo pesó lo mismo que el de quien maneja una retroescavadora. No se hicieron los sotas y el incidente puso en cero el contador de horas indemnes. Vuelta a empezar.

En la V q forma mi escritorio meto la silla de modo que, al sentarme, mi panza cierre el triángulo. Ahí me descalzo todas las mañanas y con las piernas enganchadas como indio, presto una colaboración paga a las relaciones institucionales de una empresa minera. Mi tarea, en tiempos de crisis, consiste mayormente en:

mirar un monitor grande muchas horas,
pegar post it en los márgenes,
tratar de no encorvar la columna,
leer, leer, leer, leer, leer,
escuchar audios de radio y de televisión,
analizar qué se contesta,
redactar,
ignorar lo que no tiene arreglo,
ensayar una representación corporativa en las cámaras,
reunirme con personas con edades, ideas y estrategias para lidiar con los conflictos muy distintas.
intentar consensuar algo, convencer a alguien, fracasar casi siempre.
pispear twitter,
escuchar TN de fondo en la oficina de al lado, atenta a levantarme cuando aparecen los móviles de los cortes contra las mineras que el canal repite con la desesperación y la angustia del que recibió varias palizas y le llueve en bandeja una oportunidad inmejorable para desquitarse.
Exagerar en modo sardónico la gracia que me hace Lapegue,
hablar con los periodistas del otro lado de la pantalla como si pudieran oírme.
Comentar por teléfono los highlights del día con un compañero de trabajo, de los pocos ingenieros en minas locuaces que conozco, tucumano y en sus ratos libres maratonista.
Respirar hondo, exhalar.

Fin de la jornada de trabajo; mañana, igual.

A los que sí hay que felicitar por las cinco millones y pico de horas sin lesiones son a los que hacen el trabajo pesado de poner en marcha el primer eslabón de la cadena productiva minera. A los mineros que extraen los metales de la tierra con un esfuerzo que no valora casi nadie, y con un profesionalismo que no tiene nada que envidiarle a los australianos o los canadienses, países con historia, cultura y políticas mineras con otro kilometraje, uno más probado y menos resistido por la opinión pública. Si bien ponen sus reparos, hacen sus cuestionamientos y están siempre listos a exigir una porción más grande de la torta —¡bien por ellos!—, lo hacen en un marco de debate racional, metiéndole pausa al pensamiento. Ya que, además de ser capaces de reconocer el aporte del sector al crecimiento de la economía, no se les escapa un matiz central, un dato inobjetable, imposible de obviar en la discusión sin ser hipócritas o incoherentes con el tipo de vida que quienes estén leyendo esto no eligieron tener, que tienen. Veamos.


La megaminería, la forma más eficiente y segura de extraer los minerales de la tierra, está intrínsicamente relacionada a las sociedades modernas tal como las conocemos. Es el eslabón más antipático de la cadena productiva, el más agresivo, el que requiere más controles, pero es absolutamente tan necesario como todos los que le siguen para que el amplísimo universo de bienes que consumimos todos sea una realidad. Prácticamente cada cosa y cosita que nos gusta tener, que deseamos que alguna vez tengan los que con menos oportunidades quedaron marginados y no las tienen, son posibles gracias a la minería. Abran sus cabezas y miren un rato el monitor, las paredes de su casa, piensen porqué será que apretan el interruptor y se prende la luz, saquenlé la batería al teléfono, dense una vueltita con el auto o en la bici, lean los prospectos de los medicamentos, pregúntenle al agro con qué fertiliza sus cultivos, hagan el cálculo de cuánto acero, aluminio, hierro o cobre hay en sus casas, en sus oficinas, en los hospitales.

¿Leemos un poco más, separamos la paja del trigo o seguimos presionando para prohibir la minería metalífera, así sin más y por las dudas?


Los mineros que nos hacen la gauchada de sacar los metales de la tierra quieren seguir trabajando, quieren hacerlo cada vez mejor también, enmendar errores pasados, lidiar con los presentes, prevenir los del futuro.
Ellos y ellas, argentinos con sueldos en blanco y aportes, manejan camiones de la altura de un edificio de tres pisos, usan chalecos naranja flúo y cascos blancos con el nombre adelante pegado con una calcomanía si son prolijos, escrito con marcador indeleble los menos atentos a las formas. En los pies, botas con punta de acero; para el polvo, anteojos, y si el turno es adentro de la planta concentradora, tienen que ponerse protectores auditivos, que son pitutos de silicona que aplastás para introducírtelos y después solitos se expanden adaptándose a la forma caracolada del oído. Como los que reparten las azafatas en los aviones, pero mejores son. Allí hay que usarlos sí o sí para cuidar la audición del efecto del ruido que hacen los molinos
SAG, unos cilindros giratorios tan colosales como las pirámides de Keops. Tienen una potencia tremenda porque sirven para moler rocas que van disminuyendo su tamaño a medida que se produce la fricción con las bolas de acero, que también dan vueltas enloquecidas ahí adentro. El resultado es un estruendo fenomenal que se neutraliza con los protectores y con lenguaje de señas entre los que manejan los controles.

Los trabajadores están suficientemente bien remunerados como para que no sea AOMA, el sindicato que los agrupa, ni protagonista ni parte siquiera de este brote rabioso y politizado que empuja para prohibir la minería a cielo abierto. Pero supongo que tampoco estarán tan conformes, ni tan agradecidos con ese sueldo como para organizar una defensa pública e inmolarse por la causa en los medios. Está claro, por otra parte, que el sindicato de los mineros no es el de Moyano, ni hay Betos Pianellis en todos lados. Y aunque recibieran el mejor sueldo del mundo, tampoco les correspondería dar esa pelea a ellos, lo justo es que el capital se las arregle solo y como pueda, que se haga cargo de su cuota de responsabilidad en haber comunicado poco o mal todo este tiempo para que el resultado sea esta mala prensa.

Cuando dejás unos días el trabajo liviano de oficina para viajar a la mina, y hablás con ellos, te enterás también que en ese lugar, a 2600 metros sobre el nivel del mar, las cosas se viven de un modo completamente diferente. La virulencia del ataque llega con delay y anestesiada. Llega con argumentos muy flojos de papeles también. A la ingeniera que se encarga de controlar una voladura no la intimidás con consignas efectistas y falaces como “la vida vale más que el oro”, una obviedad con la que estamos todos de acuerdo, no hace falta que sigan pintando banderas o tuitiándolo.

El lugar donde trabajan y duermen los mineros se inventó de la nada, antes no existía. Los accionistas de la multinacional, unos codiciosos de antología, decidieron montar una ciudad ahí arriba, apostando que el negocio bajo tierra iba a salir bien. Principalmente bien para ellos, sin duda, esa presunción corre para los empresarios mineros y para todos los empresarios lectores de la biblia del capitalismo. Esto los convierte automáticamente en culpables porque por estos lares, se sabe, querer ganar plata es sinónimo de robarla. No sé si existe un capitalismo amable, yo lo veo medio parecido en todos lados. Pero demoslés medio segundo el beneficio de la duda y supongamos que después del objetivo top priority de obtener la mayor renta posible, apostaron también a que se abriera paso en el país una industria con un potencial geológico en la cordillera similar al que tuvo y explotó con creces —y explota aún— Chile del otro lado. Una industria mítica y madre de todas las demás, que bien aprovechada favorece el crecimiento de regiones postergadas, le da empleo y capacitación a la cantidad considerable de personas que demandan los proyectos grandes, desarrolla y multiplica proveedores locales, optimiza la productividad de las economías marginales a través de programas sustentables.

En ese lugar remoto e inhóspito del que estoy hablando, había roca para donde mires, una vegetación de cardones y jarillas, liebres, cabras y carpinchos, y un río con un hilo de agua en verano y cauce totalmente seco en invierno. Invirtieron mil trescientos millones de dólares e hicieron caminos asfaltados, una línea de alta tensión para llevar la energía; una planta concentradora del tamaño de un estadio; una estructura donde se realiza la primera instancia de trituración llamada chancador, un término copiado a los chilenos, pioneros en el diccionario minero; una cinta transportadora que lleva la roca que recibió el triturado grueso hasta los molinos SAG para cumplir con las etapas II, III y IV de molienda; unas celdas de flotación donde se separan las partículas metálicas del material estéril por medio de un proceso físico gravitacional; un dique donde se depositan las colas (material sin valor económico); un mineraloducto, que es un tubo de 17 cm de espesor que transporta el concentrado y cuyo punto de partida podés ver desde la mina, pero después lo perdés en el horizonte porque sigue su recorrido 300 kilómetros hasta la planta de filtros, que está en otra provincia. Ahí se ocupan de secar el concentrado. Al agua extraída se la procesa y monitorea en un laboratorio para que recupere su ph y se la descarga en un canal pluvial.

También construyeron un campamento, que no se parece en nada al camping El Bolsón; evoca más bien al decorado que diseñó Ed Harris para Truman, en The Truman Show, pero sin las cámaras. Hay módulos con habitaciones, baños con ducha e inodoro, servicios de hotelería para los 2100 empleados. Hay sendas peatonales, y playas de estacionamiento con largas hileras de camionetas blancas iguales. Hay salas de juegos con mesas de pool, ping pong y metegol, un comedor amplio y una empresa de catering que ofrece un menú variado y sano, supervisado por una bromatóloga; hay un cine, gimnasio con clases de aerobics, cancha techada de fútbol, canchas de tenis y de basket, un circuito para correr, dos quinchos para hacer asados, y un pub donde algunas noches, si todos sus integrantes están de turno, toca la banda rockera India vieja. Es el único pub al que fui donde no se vende alcohol. Y hay muchas personas también, atentas a explicarte con paciencia y detalle la tarea que cumplen. Lejos de sus familias buena parte del mes, cuentan sus historias de sacrificio, de superación y de logros, y lo hacen con orgullo y ni una pizca de vergüenza.
Vivir ahí arriba es raro, es duro y es tan privilegiado como hermoso.

Montar semejante estructura fue un trabajo de años, y en la etapa de construcción participaron más de 4000 argentinos. Con ayuda de consultores internacionales, con experiencia adquirida en operaciones de otros países, los que contaban con la formación más específica se ocuparon de diseñar la infraestructura más difícil, como el dique de colas por ejemplo. Era importante hacerlo bien, para ahorrarse mucha plata y muchos dolores de cabeza después. Porque es así: aún si se elige sospechar lo peor de ellos e imaginar que el ambiente donde emplazan los proyectos los tiene sin cuidado, no se puede ignorar que los errores ambientales pueden complicarles mucho el negocio, costarles carísimo.

Sobre el agua: no es casual que en las zonas donde pretende seguir desarrollándose la minería haya poca agua. Si la hubiera en cantidad, tendríamos más pampa húmeda y la discusión sería otra: ¿conviene exprimir hasta la última gota el boom de la soja o pagaremos carísimo la decisión de atarnos al monocultivo? Quiero decir, no en todos, pero en casi todos los lugares donde la crítica que se escucha es “por culpa de la minería no tenemos agua”, hay que aclarar algo: no es culpa de la minería que no tengan tierras más fértiles, la escasez de agua era una situación pre existente, y no hay evidencia de que la operación de un proyecto minero haya agravado el panorama. Hay, sí, mala fe, cámaras que van a filmar viñedos secos en pleno invierno, hacen un primer plano de una parra machucada y en el zócalo escriben “los efectos devastadores de la minería”. Hay reservorios de agua subterránea que se controlan para que no se vean afectados en su volumen, hay estudios que equiparan el uso de agua del proyecto minero más grande de la Argentina con el uso que requiere el riego de 800 hectáreas de olivos. (Sólo en Catamarca y La Rioja hay unas 40.000 hectáreas de olivos plantadas. En casi 6 días de riego para los olivares se consume el agua que utiliza la mina más grande durante todo un año). Hay sistemas de retrobombeo en los diques que posibilitan que se reutilice hasta un 80% del agua usada en el proceso. Contrariamente a lo que se cree, la tecnología disponible en la minería moderna permite que se minimice el impacto que toda industria tiene sobre el ambiente.

Exijamos un control estricto del cumplimiento de la ley ambiental para la minería ya vigente, discutamos si el sistema de coparticipación no termina favoreciendo al estado nacional, que se lleva la tajada más gruesa de los impuestos que paga la minería, en detrimento de los estados provinciales; consideremos la figura del canon minero que utiliza Perú y que beneficia en mayor medida a las regiones dueñas de los recursos, miremos con lupa qué hacen los intendentes en los municipios con el dinero de las regalías que reciben. Todo eso sí. Pero la minería como el monstruo, el eje de todo lo que está mal o no me tocó a mí, a mi familia o a mi manzana, parecería ser una conclusión desproporcionada.

Puedo adelantarme a todas sus objeciones. No me refiero a los pobladores vecinos que con más y con menos razón protestan porque hicieron sus cuentas y no ven tan claros los beneficios, o porque prefieren vivir de los olivares, subsistir en algunos casos con lo poquito, conocido y cien por ciento nuestro. Tampoco me dirijo a los que se sintieron traicionados y engañados por un gobernador que dijo A y después hizo Z. Los vivos y los torpes cosecharán lo que sembraron, y con suerte asumirán el costo político de sus inconsistencias. Como ciudadanas democráticas que somos, nos alegraremos por ello.

Voto también porque la libertad de elegir cómo quieren vivir sus vidas los demás triunfe siempre. Pero propongo mirar finito cada caso, separar los temas que son muchos, tantos que si desmenuzamos las aristas todas juntas es muy probable que mezclemos y confundamos y al final no se entienda nada.

Digo, no más: ojo con subirse a la moto y terminar repitiendo cualquier cosa, sin pruebas, sin toda la información, porque el verde que te quiero verde queda cancherísimo y tan bien en las reuniones a las que vamos. Me refiero a la corriente ecologista trending topic, al ambientalismo berreta que caduca a la semana, hasta la próxima vez que haya que cambiar el agua de la pileta; si no hay pileta, hasta el momento de tomarse el trabajo de diferenciar la basura nuestra de cada día, separar los residuos orgánicos del cartón, un gesto mínimo, nada complicado, que hacen cincuenta macanudos no más. Les hablo a los que creen sin dudar medio segundo todo lo que se dice en la televisión, a los que saben poco pero presuponen mucho, a los que dejan el prejuicio activado en automático, por default, largan sus acusaciones sarasa, ponen el tic mental al casillero ecológico y se van a dormir en paz.

Y, sobre todo, quiero dedicarle estos párrafos a los que retuitean el spot “Basta ya”, una pieza artística imperdible que me encargué de guardar en mis archivos, que estoy mirando antes de dormirme todas las noches que llego a mi casa triste por algo, o muy cansada, porque es dramática pero desopilante si la ves desde este lado, a mí me encanta. Confío con paciencia que ya llegará el momento de usarla para el único propósito que pienso estaría bien que se use: evidenciar, una vez más, el grado de luserismo, demagogia e ignorancia de los miembros más encumbrados de la farándula local. La giluna máxima, ambientalista de la primera hora, es Julieta Diaz, la última Eva que nos regaló el cine nacional. Ella cobra por las publicidades de Head & Shoulders, y si la apurás no te sabe decir si es un shampoo biodegradable o no, pero no importa. Ella también está muy preocupada DE VERDAD por el medio ambiente, y aplaudimos esa actitud, pero también queremos que se sepa que más todavía nos preocupamos por ella, porque el tipo que le está dando letra, Daniel Gagliardo, activista de Conciencia Solidaria, dirige también la secta Uksim, y argumenta más o menos así.

O el padre espiritual de todos ellos, el amigo León Gieco, que no está en el spot pero veloz como un rayo ya se anotó a declarar como si supiera de lo que habla. Su gesto, más previsible que las cuatro estaciones del año, obviamente no sorprende pero lamentamos profundamente que siga perdiendo oportunidades de hacer algo más jugado por sus compatriotas, o que pruebe de quedarse callado no más, por una vez.

Bueno, listo, me saco la campera porque hace un calor de morirse. Imagino que diciendo estas cosas, defendiendo al sector más denostado de los últimos años, el balance personal tiene que darme mal, que no ganaré amigos nuevos. Pero quise contarles partes de una verdad, la mía. Sigamos pensándola entre todos.

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cinismo

La Quebrada, Goya, Corrientes.

Cinismo: Desvergüenza en el mentir o en la defensa y práctica de acciones o doctrinas vituperables.

Eso es cínico, no empecemos a quemar la palabra como se hizo con bizarro o divertido, usándola para cualquierrrr cosa. No pretendo hacer fundamentalismo del diccionario, me encantan las palabras en general, y en particular las que se imponen con el uso, las que se inventan para describir personas, climas de época, clases sociales, las que nos prestan vecinos latinoamericanos,  las que les robamos al “imperio colonizador” y las castellanizamos, les agregamos swing, de cancheros bárbaros que somos; o los galicismos siempre tan sofisticados, en fin, hasta venímamita esperamos que algún día se escriba todo junto, que se acepte como sinónimo de la tercera era kirchnerista. La consulta a la RAE de vez en cuando no es por respeto a la monarquía, ¿eh?, sólo me parece aconsejable para no mandar fruta, para no tildar de cínicos a textos que se publicaron en TP. A mí me gustan, pero es subjetivo, para otros pueden ser improvisados, aburridos, frívolos, pueden ser un montón de otras cosas, pero cínicos porque sí, porque les gustó la palabra, no son.

Lo de la monarquía viene a cuento porque en el colegio me taladraron con lo de la gratitud a la madre patria, ese tema de la tradición y el conservadurismo que viene con el combo católico y que formatea a lo loco, no podés distraerte porque entra como por un tubo todo junto. Como soy distraída hasta la exasperación, en mi caso entró bastante, ajustó en la cabeza un nudo marinero de dogmas y mandatos que no se desarticulan así no más, sobretodo porque hay partes que reviso continuamente y pienso que están bien, que la religión que me inculcaron construye sentidos a los que suscribo sin traumas, alegremente, sentidos que se traducen básicamente en pedirte que quieras a todos, enemigos incluidos, que perdones setenta mil veces, que seas solidario, que los últimos van a ser los primeros, que no seas tibio, ese tipo de cosas para mí están todas bien. Que no seas cínico no sé si lo dice en algún lado, pero seguro que sí. Todo ese traspaso lo acompañaron con tanto afecto además, que tuvo el mismo resultado que la capa de cerecita en un revoque, ayudó a armar una parte indispensable del muro de la psiquis con la misma contundencia con la que los incas levantaron Sacsaihuamán, sin dejar resquicio entre las piedrotas que te explican pero no entendés cómo acomodaban.

Cinismo, entonces. Les tiro ,por si ayuda, un par de ejemplos de cinismo, maestra ciruela total, perdón. Cínicos son los que salen en defensa del prestigio de Zaffaroni, de lo que simboliza Zaffa para su movimiento político, para la ética del periodismo (?), los que tornan locos porque una osa preguntarse por Eugenius mismo, por el hombre, porque no se entiende nada qué pasa ahí con la flota de departamentos y las chicas, cuando lo único que se esperaba (que se espera todavía) era media explicación. No tenía que cerrar perfecto, no queríamos enjuiciar al Juez de antemano. Pero cualquier intento iba a ser mejor comprendido que esta cargada. Y no se comprende la postura cínica de aplaudir esa clase tampoco, o la de formar parte de los 700 que firmaron una solicitada.

O los festejos post 50% en algunas provincias del NEA, del NOA, elijan la región menos pobre, la que quieran. ¿Qué carajo festejan con ellos, caraduras, cómo se puede ser tan cínico de celebrar que en Santiago del Estero sacaron el 80%? Burlensé de Clarín, de Biolcatti, de los resultados lastimosos de la oposición, ríanse de todos los que por mencionar sólo lo básico tenemos una dieta balanceada, secundario completo, casas de material y calles asfaltadas, y no los votamos, festejen en nuestras caras si eso los hace felices. Pero sientan un poquito de vergüenza ajena por el 80, porque el mérito de ganar en una provincia por la que no han hecho CASI NADA para que se le note un desarrollo destacable es un mérito recontra cínico.

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experimento fallido

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Hice la prueba de decidir candidato para este simulacro abreviado como PASO sin leer o escuchar básicamente nada que no proviniese de los mismos candidatos, prescindiendo de todo contexto intermediario, de cualquier influencia distractiva. El experimento iba a durar una semana e incluía no alternar Radio 10 y Continental a la mañana, no leer ninguno de los diarios hegemónicos y oficialistas apilados en el escritorio donde trabajo, y dedicarme en cambio a seguirlos por twitter, medio que usan para avisar la hora y el canal donde van a estar hablando con X.

Quiero decir que fue uno de los esfuerzos más inútiles y aburridos en los que me embarqué en mucho tiempo, que es un alivio que exista internet y personas lúcidas y sensibles para decodificar lo que pasa con más agudeza y verdad que la que puede tener cualquier candidato a un cargo público en Argentina.

La semana se acortó a cuatro días, los candidatos examinados empezaron a confundirme y no me resultó sencillo empatizar con ellos, con la parte de sus discursos que se asemeja entre sí, que apela a nuestra mala memoria para recordar quiénes son, qué (no) hicieron, cómo se quedaron todos .

Hay algo ahí que se me representa como un vacío insalvable, no importa cuánta buena voluntad quiera poner para creerles, para seguir apostando a que el ejercicio de votar, elegir testimonial o estratégicamente una propuesta –un modelo no, por favor- o porque es obligatorio no más, sigue siendo la principal herramienta de cambio para que todo lo que es insoportable para la mitad del país deje de serlo. Los escucho y hago de cuenta que les creo, creo en cosas más irracionales, ¿cómo no les voy a creer?, ¡les creo!, pero paralelamente me pregunto si no será cierto aquello de que las caras de la política que tenemos son las que nos merecemos. Si es así, ¿por qué es? ¿Somos indiferentes, somos frívolos, somos un monumento a la resignación no más? ¿Qué somos?

Aclaro que entre los candidatos que me propuse mirar con lupa no estaban todos los que se están censando hoy. Ella y el fantasma que nos conduce susurrándole al oído ya estaban descartados por chorros, principalmente por eso, por ser insaciablemente chorros, porque ocho años de afano ya está bien. Me parece un motivo trillado pero suficiente para no seguir desmenuzando los argumentos que sería inteligente escuchar de boca de quienes leen y entienden la política y la economía con mayor cantidad de variables que las que soy capaz de procesar por mi cuenta.

Entre los que me gustaría que saquen un segundo lugar, que alcancen una cifra que altere los nervios del kirchnerismo y deje en un deseable tercer puesto a Duhalde, están Binner y Alfonsín, en ese orden de preferencia, pero no de expectativas más realistas.

La campaña aparentemente efectiva de Altamira prendió fuerte entre algunos amigos de barrio norte por simpática,  pero la ironía más compleja de explicar es que si Macri estuviera candidateado para octubre, estarían pateando para el arco contrario seguro, votándolo a Mauri con los ojos cerrados. El cadete en la oficina es de Burzaco y comentó que él y su novia también votaban a la izquierda para que llegue a los 400 mil porque les pareció “un capo lo que hizo el tipo”, les dio ternura.

 Supongo que el verdadero mérito de estas PASO es ese vértigo de no saber, confirmar que la Argentina sigue siendo impredecible. Un vértigo que me doy el lujo de comentar livianamente en TP, pero está claro que para el país ese vértigo mutó en caída demasiadas veces, que de liviano no tiene nada.

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cosas que pasan

Siguen ocurriéndome este tipo de cosas que a veces creo que me pasan sólo a mí, pero de egocéntrica que soy no más, probablemente le pasan a un millón de personas más. Las voy a escribir, quiero hacer la lista porque la memoria es traicionera y porque me doy cuenta de que esta es la única forma de objetivar y tomar nota de ciertas recurrencias:

1.       Tengo 1 año recién cumplido y mi mamá manda a lavar mis pañales de tela a una pañalera que para limpiar caca usa productos con mercurio. Estoy en Bariloche, con la piel de la cola más irritada de lo normal, y todos recriminan que lloré como un marrano día y noche, pero sólo se avivaron de lo que pasaba cuando salió la noticia en el diario. Veinticuatro años después entré a trabajar a una empresa que en los medios es acusada de usar mercurio, cianuro, arsénico y todas las sustancias tóxicas imaginables que producen cáncer en la gente. Con algunos tecnicismos  y buena fe del que le interese el tema, puedo demostrar que todo es falso, menos lo que me pasó con los pañales, que es verdad.

2.       Tengo 5 años y en una calesita en Victoria, San Fernando, me clavo un fierro oxidado que se parte cuando me cuelgo de él para agarrar la sortija. Si no fue un símbolo premonitorio no sé qué fue. Mi abuelo corre cuatro cuadras conmigo y la rodilla ensangrentada en brazos, mi tío me tira chorros de merthiolate sin asco, y yo no pego un ojo esa noche porque me quedo soplando la herida y llorando, sintiéndome la chiquita más desgraciada del planeta.

3.       Tengo 7, estoy en Miramar y con Inés decidimos pegar la vuelta de la playa en nuestras bicis porque se está armando una tormenta de las grandes. Se larga antes de que lleguemos y después nos enteramos de que fue un tornado. Estoy en traje de baño y no se ve nada porque caen cortinas de agua y en la esquina de la pista de bici cross todo es una inmensa nube de tierra. Una grandulona me choca con su rodado 28 en un cruce de avenida y en vez de apiadarse de mi tamaño y mi cuerpito hecho sopa,  me grita ¡pelotuda! Mi hermana sí se compadece y se saca su remera empapada con el dibujo de un helado en la espalda para prestármela.

4.       Tengo 8 años y se me ocurre la genial idea de desafiar a mi prima a cruzar por el lado de afuera de una ventana a otra, separadas ambas medio metro. Estamos en un 4to piso y las ventanas dan a un aireluz, en la PB un patio con piso de baldosas color terracota. A Paz no le interesan mucho los desafíos y a mí diría que tampoco me desvelan, pero sí tengo una curiosa tendencia a hacer cosas raras e inexplicables, porque sí. Hago la pirueta y como estoy escribiendo esto ahora, es una obviedad decir que no caigo, pero una vecina ve la secuencia y botonea. Me como un reto histórico de mi tío Ludovico y el Laucha, mi viejo, me amenaza con una semana de penitencia, pero al final dura dos días.

5.       Tengo 10 años y se me cae un matafuegos en la cabeza porque lo descuelgo cuando salto para agarrar el snug ball, jugando al “mono” en un pasillo del Colegio Mallinkcrodt. Una vincha de B+D que usaba para que se me forme un jopo amortigua el golpe y tal vez me salva de algo peor, pero no de quedarme un rato inconsciente. Cuando me despabilo estoy rodeada  por dos maestras y un scrum de catorce compañeras de quinto grado,  que me clavan los ojos y me abanican con sus manos.

6.       Tengo 12 y en el campo de Luisa F. me caigo adentro de una tolva con granos de maíz y me quiebro algún hueso del brazo. Me ponen un yeso con forma de L que dos días te parece canchero y después pica tanto que querés sacártelo con agua tibia cada vez que estás cerca de una canilla. No lo tengo del todo claro pero sospecho que ahí puede haber nacido mi antipatía por el campo y sus reclamos.

7.       Tengo 14 y en el fondo de la lengua unas amígdalas gigantes que impiden que se vea la campanita. Incontables anginas hacen presión para que un día decida hacerle caso al médico que opina que hay que sacarlas. Se va el efecto de la anestesia y me parece que esa sensación de tener 300 gillettes en la garganta cada vez que trago no se va a ir nunca, pero varios kilos de helado después me olvido del asunto y de las anginas.

8.       Tengo 20 y en el fin de semana debut de mi año de babysitter en USA me pierdo en una montaña en Vermont. Esquío de noche, a oscuras, por pistas extremely difficult, según indican los carteles en los postes mientras subo por las sillitas equivocadas. Milagrosamente, después de una hora cuarenta, encuentro una pista conocida para volver y llego con los dedos de mis manos sin guantes más duros que una roca, pero entera, con todos los huesos en su lugar.

9.       Tengo 22 y corro tres cuadras como un gamo por las calles oscuras y ya vacías de Florencia porque me persigue un inmigrante gritando cosas ininteligibles. Nunca supe si quería venderme algo, violarme, o divertirse un rato asustándome. Lo tercero lo consiguió seguro. Me refugio en la iglesia Santo Spirito hasta que el corazón vuelve a latir como siempre y después, en el primer restaurant que encuentro abierto, me como unos spaghettis a la bolognesa memorables.

10.   Tengo 23 y me atraganto con un maní en el living de los G. No me pasa ni una molécula de aire y siento que el cerebro se apaga despacito, antes del desmayo. Cuentan las inútiles de mis amigas, que no atinaron a hacer nada, que la cara se me puso literalmente azul. Me rescata la mamá de una de ellas, que llega justo a su casa, sabe de primeros auxilios y en qué parte hay que hacer presión para que el maní salga despedido.

11.   Tengo 25 y estoy hablando en la vereda con Eduardo C. de su inminente entrada al seminario, quiere ser cura. Un loco de atar se acerca y me escupe en la cara. El desconcierto es tal que no reacciono de ninguna forma. Bueno, sí, me limpio. Eduardo lo lleva aparte y no sé qué le dice pero el hombre se aleja manso, sin darse vuelta.

12.   Tengo 27 y cuando intento hacer algo con el aire acondicionado de la oficina que nadie me pidió que haga, me caigo de la silla donde me subí, y me clavo el respaldo en la mitad de la garganta. Vuelve la sensación de las 300 gillettes. Me hago mierda las cuerdas vocales pero zafo por medio milímetro de una traqueotomía. Mis limitaciones para el canto quedan definitivamente selladas.

13.   Tengo 28, un señor que vuelve de un casamiento borracho toma una curva muy rápido, no ve que puse el guiño para doblar, y el capó de su Torino queda empotrado en el costado izquierdo del Megane. Con la fuerza del impacto me golpeo la cabeza con la ventana del acompañante y la aplasto a mi tía monja, que iba al lado y es garantía infalible de que todavía no es la hora. No hay ningún herido grave y lloro sin ruido porque hace diez días pasó lo de las cuerdas y estuve sin voz más de dos meses. El auto del Laucha se hace bosta.

14.   Sigo con 28 y bajo caminando la barranca de Tres Sargentos, en los auriculares las notas de Spinetta imposibles de entonar. Del cielo, cual aerolito, cae un pollo congelado que por fortuna aterriza en mi hombro y no en la cabeza. Miro atónita los menudos desparramos por el piso y demoro varios minutos más en procesar lo que me acaba de pasar. Me quejo con el encargado del edificio del cual infiero provino el proyectil avícola, y como toda respuesta me dice que pruebe hacer la denuncia en la policía, que al pirucho que tira comida por la ventana nunca lo pueden identificar. Todas mis sospechas se dirigen hacia el encargado.

15.   Tengo 29 y con las primeras luces del día voy al taller de un chapista en Constitución para dejar a arreglar una abolladura del auto de mi abuelo que hizo alguno de los nietos que lo sacamos a cada rato del garage. Un gordo gangoso se da cuenta al toque de que soy la distraída máxima y hace una maniobra perfecta para robarme la cartera. Los documentos aparecen, los encuentra en el asiento del 37 una señora muy amable, que me cita en Primera Junta para devolvérmelos.

16.   Tengo 29, cruzo mal y un motoquero me lleva puesta, impactando su rueda en el platillo tibial de mi rodilla izquierda, fracturándolo. Me ligo el segundo ¡pelotuda! después de un choque, además de una operación, un clavo de seis centímetros, dos meses con muletas, y la kinesiología más larga del mundo. También conocerlo a Matías.

17.   Tengo 30 años y me voy de vacaciones a Río a lo de una amiga que vive ahí  y se casó con un brasilero precioso que al final resultó ser pura cáscara. Ella está a punto de parir así que no me acompaña en mi plan de salir cada mañana a dar la vuelta a la Lagoa en bicicleta. El segundo día amanece lluvioso pero para no desertar tan rápido salgo igual. Mi resistencia física es deplorable así que con esfuerzo pedaleo apretando los dientes en las subidas, aprovechando el envión de las bajadas. En una agarro más velocidad que la prudente, intento esquivar unas ramas y pierdo completamente el dominio del manubrio.  La rodilla sana surfea en el asfalto hasta que gracias a la ley física de gravedad,  la bici y yo nos detenemos full stop. La frutilla me ocupa media pierna y el arreglo en la bicicletería fue en reales, pero la dignidad pisoteada es lo que duele más. No hay más testigos que el carioca que alquila botes y ese día tiene muy poco trabajo. Todavía se está riendo.

18.   Tengo 31, estoy esperando en la vereda para cruzar Alem y presencio el palo que se da otro motoquero que, romántico, me tira un beso con la mano y pierde el equilibrio. Se arrastran él y la moto unos veinte metros y recuperada del shock, me acerco para ver si está bien. Se hizo pelota los brazos y la moto no arranca más, pero se lo ve más preocupado por recuperar el orgullo de galán herido que por recuperarse del golpe. Pienso que tal vez el cosmos quiso compensar la actitud del motoquero que me fracturó  y se fue sin dejar sus datos y por eso castiga a este, pero no me hace sentir ni un poquito mejor.

19.   Tengo 31, y vuelvo caminando 9 PM por Florida con almohadones nuevos para mi buhardilla. A la altura de Lavalle un chico con remera verde flúo y ojos desencajados me dice ¡te están robando, ELLAS, yo las vi! Miro en la dirección que señala y hay dos chicas de no más de 16 años, una de ellas con panza de 8 meses. Abro la cartera y compruebo que la billetera, el celular y un ipod con canciones que bajé hace tres años están ahí. Reviso de vuelta y veo que el cierre de afuera está abierto y adentro está vacío. Faltan las llaves, digo despacito. El chico flúo sigue gesticulando mientras cuenta que él venía advirtiéndome a los gritos, que yo no lo escuchaba. Una turista colombiana sacada me conmina: ¡Cógelas, cógelas, que no se salgan con la suya! Troto media cuadra para alcanzar a las noveles punguistas, las miro a los ojos y les pido que me las devuelvan. Me parece ridículo escucharme mientras lo estoy diciendo. A ellas también, porque me contestan ¿para qué vamos a querer tus llaves? La lógica lumpen es irrefutable. Trato de continuar el diálogo, de que entiendan que sin mis llaves no puedo volver a mi casa, abrir puertas. La embarazada me muestra su mochila y ofrece: ¿querés revisarla? Me doy cuenta de que no quiero, de que es inútil: jugar a la policía, que confiesen en qué parte del trayecto fue la cosa para que después sea más fácil buscar. Gracias por nada, me sale decirles, y ellas se van, frustradas por un robo que no salió bien. Me ilusiono con que las tiraron por ahí y me quedo caminando Florida de Corrientes a Lavalle y viceversa como cinco veces, hablando con vendedores ambulantes y quiosqueros, haciendo migas con cartoneros que para revolver basureros amargamente la tienen clara. La música de fondo es la del imitador más grande de los Beatles que hay y que habrá jamás. Es ciego y dicen que está ahí hace añares, por ahí desde antes que los Beatles se juntaran. Hago varias combinaciones con los pocos parientes que quedan en enero en buenos aires y llego finalmente a casa a las 11:30, con mucho más dolor de ovarios que bronca.

20.   Mantengo misma edad, esto pasó hace muy poquito. Voy en el asiento del acompañante charlando con una amiga que maneja a la altura de Garín en sentido a Capital; su hijo Gonzalo, que no cumplió 2 años, va atado en una sillita atrás. De pronto un humo blanco y muy espeso cuya proveniencia todavía se discute en mediaciones con aseguradoras, nos enceguece unos segundos y Fátima clava los frenos como 75 personas le van a recordar después que JAMÁS y BAJO NINGUNA CIRCUNSTANCIA hay que hacer. En menos de lo que tardo ahora en tipear tipear, rifa el control de la dirección del auto y cruzamos tres carriles de la panamericana de derecha a izquierda y de izquierda a derecha, chocando con otro auto que no puede esquivarnos e incrustándonos de frente en el guardarais. Los gritos de mi amiga y el llanto de su hijo me devuelven el mismo alivio que sentía cuando sonaba la chicharra y se desactivaban los autitos chocadores del Italpark. Suelo tener reacciones con mucho delay pero la adrenalina acá hace efecto y después de apoyar mis dos patitas en el asfalto y comprobar que cerebro y columna coordinan y responden al impulso de ponerme de pie, voy a socorrerlo a Gonzalo que fluctúa entre el llanto histérico y el mutismo más absoluto. No tiene un rasguño y la mano le transpira de lo fuerte que agarra a Wolverine, un integrante del Super Hero Squad que se la banca en serio. Con Fátima somos amigas desde la primaria y creo que no exagero si digo que fui testigo de todos sus malos tragos,  pero esto supera cualquier crisis anterior y tengo miedo de que el ataque de nervios la descompense, de que se le trabe la mandíbula que se mueve en fast foward. Tiene un corte en la cabeza que sangra sin pausa y le tiñe el pelo negro de reflejos violetas, bordós, pero sé que va a estar bien porque cada dos minutos quiere saber si fue su culpa, y esa es su pregunta preferida, la hace una vez cada quince días mínimo. La tranquilizo mostrándole que Gonzalo está conmigo, ileso, mejor que nunca, me pongo en papel de paramédica y le pido no mueva el cuello, hablo por teléfono con la ambulancia, después con el marido que se fue a la cancha a ver perder a River con el hijo mayor. Todo el protocolo que sigue es conocido por cualquiera que haya transitado la panamericana y haya pasado por el costado de algún accidente a paso de hombre, curioseando, con el morbo activado. Me toco la oreja que arde como cuando me retaban de chiquita y me llevaban en penitencia aplastándomela fuerte. Dos horas más tarde, en el baño del hospital, me miro en el espejo y noto que me corté el lóbulo con el aro, que ya no está más, se perdió, y no lo voy a ver más.

21.   Creo que los ángeles de la guarda existen y que el mío se toma su trabajo muy en serio. Pienso además que tiene que haber algo muy copado que me está faltando hacer si insiste en dejarme de este lado. El tema es descubrir qué. Como se sabe, estos ángeles protegen pero no te hacen los deberes.

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traté pero no pude

Dormí  cuatro horas y acabo de despedir a hermana y cuñado que partían a Ezeiza, se van seis meses a estudiar a París y vuelven. Eso dicen. Antes nos apersonamos 8:15 am con hermana en la misma mesa argentina modelo para armar que nos tocó el 10 de julio. A los gendarmes les sorprendió muchísimo nuestra incursión a esa hora, con ese frío, porque cuando pasamos por al lado con un saludo de cabeza, doblando en el pasillo de memoria, preguntaron ¿van a votar, chicas? con mucha desconfianza, con justa intención de hacer valer su presencia. Los miramos con ternura, con comprensión, las sonrisas que elegimos para responder decían gracias también.

Y hablando de elegir, me pasé la semana contestando a quien preguntara que esta vez sí, lo votaba a Mauricio, que no ameritaba tanto análisis, tanto desgaste de energía repitiendo lugares comunes, que era un ballotage porteño con el resultado puesto, tan previsible como lo que puede tuitear Gabriela Cerruti, o María José Lubertino, militantes de las causas justas como ellas.

Pero entré al cuarto que si fuera oscuro sería más alegre que las aulas con persianas bajas e iluminadas con tubos fluorescentes de todas las escuelas, y las dos pilitas de boletas ahí en el medio, recién colocadas, misma altura, papel ecológico y sustentable, con los cuatro nombres del quiero pero no puedo,  a mi solito no se me ocurren tres ideas seguidas, vos sos bienvenido, papucho, Duran Barba me pegó, los glaciares no se tocan, bueno, sí, bueno, mejor no, bueno, no sé, con el verso de la nueva política, del management estatal, de la honestidad como si fuera un valor que pueda importarse, de la apuesta a mejorar la educación pública que no se concreta nunca… Me acordé de lo que le escuché a decir a Nidia N, la mano derecha de Tomada en un desayuno al que asistí por error, cuando alguien le preguntó por las manifestaciones en Alem y Viamonte de cada día; ella dijo “los trabajadores saben que el Ministerio es su segunda casa”.

Y me sentí tan sola que di vuelta la boleta de Macri/Vidal  y escribí:

Me pareció que resumía bien lo que pienso de ellos, y lo que pienso de mí, de mi inmadurez política y ciudadana. Chau, negrita, saludos a Sarkozy, te voy a extrañar. Y chau, Filmus, andate de una vez por todas.

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mi familia ABC1

Ver mucho a tu familia es de pobre, vi que retuiteaban en la web, y yo agarré mi libretita y escribí: “ver mucho a tu familia es de pobre” para pensarlo después, en la soledad de mi buhardilla, que no son frases con las que podés ponerte crítica y contrera porque sí, porque es lo primero que te sale, y menos todavía podés hacerlo en la gimnasia de una jornada laboral parecida a setecientas jornadas laborales más. Ahí te dejan pensar libremente pero te va mucho mejor si te dedicás a producir lo que te piden tus jefes, si la autonomía de las reflexiones o los disensos los dejás para otro día, ¿para los fines de semana, mejor? La relación de dependencia te obliga a depender y cuando rezongás un cacho fuerte viene el RRHH buenaonda a decirte que revises la actitud hostil, que no hay necesidad de hacerse la Robin Hood, la anti sistema, ese tipo de cosas.

Vuelvo a la frase que anoté porque justo abajo de ésa, en mi libretita, había otra que decía: Ahora Isabelita nos dice que no ahorremos en dólares, que apostemos al país, ¡justo ella! Elo, 20/7/11. Elo es Jorge, mi abuelo de 87 años, e Isabelita es Cristina Kirchner, un fallido en una cena que me pareció por lo menos registrable para la biografía familiar que siempre imagino podría escribir sin invertir mucho esfuerzo, hay una materia prima que se escribe sola, que no es lo mismo que decir que se lee sola, ahí te quiero ver. 

Imaginemos por un rato que no peleamos con la justeza de la primera frase, hagamos de cuenta que es así, y sin pestañear sentenciemos: con la metodología para medir del Indec cuando era confiable soy la persona más pobre de la Argentina, soy tan pobre que me doy lástima, pobre de mí.  

No quiero ahondar en esta hipótesis porque es tema de terapia, y hablar en los términos en los que uno le hablaría a su psicólogo me parece un opio para cualquiera que no cobre por escuchar y por iluminar nuestros puntos de vista condicionados, con capas y capas de filtros de todos los colores. 

Sólo quiero contar una parte chiquita de esta familia omnipresente que me tiene tan empobrecida.  

Mis abuelos paternos respiran ambos, y además de respirar, caminan, comen solos, leen La Nación, se quieren, discuten por pavadas, van a los cumpleaños, y si no van, llaman, es rarísimo que se olviden. Él todavía ejerce de abogado de 11 a 20 horas y escucha ópera con audífono y volumen a todo lo que da porque no oye un pomo. Ella mira novelas rosas, teje torcido, recibe visitas constantemente, te pide que la acompañes a una siestita, se duerme con un rosario de diez cuentas en la mano, y cuando está a punto de abrazarse a Orfeo, masculla cualquier cosa menos avemarías; se queja del ayilo, una palabra de las muchas que se le ocurrió inventar porque denuncia que no está todo inventado, que tener ayilo describe mejor el malestar que siente, y que con buena voluntad vamos a entender qué es. Según su médico, ni un milagro de la medicina es capaz de explicar cómo alguien con su grado de diabetes puede desobedecer una dieta de la forma escandalosa en que lo hace y sobrevivir para contarlo. Ella es el contrapunto espontáneo, fresco, la descontractura de un marido que usa bigote desde que tuvo edad para afeitárselo, prepara copetines con el alcohol de la estación, encarga sus trajes a medida, y se incomoda con el tuteo que no venga de su familia o de amigos muy cercanos, los poquitos que le quedan bordeando los 90.

Viven en un octavo piso con vista a las copas de árboles centenarios de la Plaza Vicente López, una plaza paquetísima y muy bonita. Se llevan unos meses de diferencia y tuvieron siete hijos, una de las cuales es monja, y otro murió a los tres días de nacer. Entre los cinco que dejaron descendencia, se armó una tribuna de treinta y ocho personas, lo que equivale a decir que tuvieron un promedio de 7,6 nietos por hijo que procreó. Nunca la tele en la habitación, saquémonos de encima el chiste común rápido, el chip católico en la cabeza, una educación con esos lineamientos rigurosa, dogmática, sin muchos matices, pero también sin incoherencias gruesas, de ésas que hacen ruido, de las que te hacen decir “acá está todo al revés”, o “¿ahora me salís con esto?”, o simplemente “¿¿eh??”. Creyeron en algo y lo llevaron a fondo. Lo llevan. 

De los treinta y ocho, veintisiete tenemos edad para votar, y votamos muy distinto en las formas pero no tanto en los contenidos porque para bien y para mal la influencia de esta figura patriarcal, la de mi abuelo -que fue hijo único y cursó hasta quinto grado en su casa porque a su madre la aterrorizaba que pudiera contagiarse un virus y morirse, como le pasó a su otra hija- siguió vigente. A fuerza de labia explícita y otras formas más sutiles de impartir mandatos, de un carisma innato también, pero sobre todo de una consistencia abogadil imbatible, seguidora como perro de sulky, se encargó de que la transmisión de una generación a otra de ciertas líneas fuera prolija, elocuente, creíble. Para resumir, así fue como nuestros padres nos enseñaron a decir mamá y papá, y casi enseguida Jesús, bien, mal, pecado, no seas egoísta, compartí con tus hermanos.

Todo lo que vino después de eso no cabe en un post, más terapia, pero me gustaría en otra oportunidad desmitificar apenas los interminables prejuicios que existen con estas familias tipo, tipo la mía. Hacer el intento.

Desde hace veintiocho años que tenemos esta democracia imperfecta, que se consiguió a costa de vidas, que en muchos casos dejó la justicia entre paréntesis, que cometió (comete) errores que no se pagaron ni amagan con pagarse, y la enumeración acá puede ser larga pero la corto porque es la cantinela que escuchamos a diario en  boca de los Filmus, los Cabandié, los Abal Medina, del otro lado mi abuelo Elo, hasta que lo que sangra son los oídos de los que no vivimos la dictadura y no tenemos forma de enterarnos bien, con precisión, porque nos la cuentan confusa y mal siempre, ¡no renuevan un argumento!, y ya casi tiene el mismo efecto de lo que se oye pero no se escucha, como la música funcional en la sala de espera de los ginecólogos que te hacen aguantar el turno ahí dos horas. 

Con esta democracia, las voces que vale la pena detenerse a escuchar, que necesitás escuchar para ser más feliz, para vislumbrar otros escenarios posibles, existen en cada vuelta de esquina pero son muy difíciles de distinguir, porque los que tienen poder para hablar fuerte y claro en el campo público son siempre los mismos, gritan, se las ingenian para no irse nunca, para escurrirse y reaparecer reciclados, y en el ámbito privado están afectiva e irremediablemente muy cerca, intentás poner distancia y evaluar mejor, pero cuesta. 

La fe para estos casos es una droga maravillosa, y barata aparte, tenés que bucear adentro y encontrarle la vuelta para conservarla: con paciencia, sin fanatismos, con la mayor racionalidad posible tratándose de fe, con la confianza de que todo esto no termina acá, que hay revancha para todos. 

 

 

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gemelos II

Te leo tranquilita, ya me sosegué.

Con todo lo extraño que me parece escribirle a un nickname -del cual lo único que deduje es que corresponde a una chica que antes de teorizar sobre la bondad corrompida de Thoreau posteó algo muy dulce sobre su papá-, te contesto más cortito para decirte que está todo aclarado, que acepto que puedo haber interpretado mal algunas frases, proyectado otras cuestiones que podrían discutirse largo rato pero que no eran las que vos te habías propuesto señalar.

Gracias por contestar y hacerme sentir menos ridícula, hablándole al éter, que a excepción de la red social que esté de moda, se parece bastante a la pared.

Si alguna vez nos conociéramos, sospecho que coincidiríamos en varios puntos más que los que sugiere nuestro pequeño contrapunto. Si te sirviera para algo, podría contarte qué es eso del microcemento y vos compartirme un poco tu sabiduría de barrio, hablarme más de Víctor.

Entendí la necesidad de catarsis, y de vuelta: hilando fino no estoy en desacuerdo con lo que denunciás, casi que suscribo porque además lo decís con gracia y sensibilidad, y se agradece tanto ese detalle a la hora de leer.

Termino pensando que debo ser una ingenua, que me formatearon para creer sin importar qué o cuántas veces, de una forma obcecada y un tanto necia. Pero todavía no me cansé de buscar la bondad a secas en todas las personas, en aquellas que primero muestran su cara menos amable, más hipócrita, o más torpe, también.  La bondad corrompida que la busquen otros si eso los alivia.

Todo eso suena a ilusión idiota, a quétehacéslasantita. A veces no hace falta que lo digan con palabras; entrecierran los ojos y te miran con suspicacia, con sorna, o no te miran, y ya sabés que no te creen ni las comas. Allá ellos. La fe, algunos días, se parece a la locura, y supongo que está bien.

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estimada gemeloscocteau:

(En respuesta al texto que escribiste y reposteé justo abajo de este)

Gracias por tus párrafos malvados y ácidos, tan llenos de verdad, tan i n t e l i g e n t e s, qué buena prosa aparte. Va sin ironía, sin cancherear, con los significados del diccionario te estoy hablando, por lo menos hasta acá.

Tengo burguesía en containers y demasiados velos para entender lo más profundo que hay que entender si pretendés  usar la web para decir algo con palabras, cualquier cosa. Encima, un complejo espantoso para empezar a probar. Me falta tomar mucha sopa, leer las aventuras de Pinocchio, Collodi original, que anoté entre los pendientes para leer después de un artículo bueno y largo que leí en Trabajos Prácticos en 2005. ¡2005! Y nunca lo hice, me perdí la sabiduría y me dediqué a trabajar en la nada misma, a hacer notas mentales sobre “los pobres”, a visitar a los que viven en el interior de Corrientes una vez por año, en semana santa, con un grupodecatólicos para que se te ericen los pelos de la espalda si todavía están peinaditos. Después me quedo boludamente en paz, y de ninguna otra manera, e?, cómo se te va a ocurrir, vuelvo a las disyuntivas que me desvelan: ¿venecitas o microcemento? Las primeras ya están muy vistas, el microcemento se raja, no le creas al que te diga que no.

La caracterización de burgueses como simplotes, cortos, entusiastas por un día no me parece del todo justa pero puedo masticarla, si llevamos la discusión a fondo capaz que lo admito todo, te doy la razón sin pelear. Lo que me impulsa a contestarte, twins, es la impresión de que hablás con muchos prejuicios desde allá, desde una tarima culta, sociologizada, de vuelta del común de los mortales, de que te atajás con aquello de “propia, quebradiza, precaria  y dudosa” pero después matizás cuando te conviene, sentenciando sobre las contradicciones humanas atendibles, porque hay otras a las que sólo cabe despreciar. Dame maldad, brrrrr.

Esto te cuento al margen: puedo ponerme paranoica a veces.

En mi trabajo, trabajo, y muchas veces pienso parecido a vos: que lo que (no) hago cada jornada no tiene un significado sensible, maravilloso y transformador, que no les sirve como sería deseable que les sirva a los que nunca les toca nada, que inclusive y aunque me pague un crédito a 20 años, tampoco me resuelve el sentido de la existencia a mí, pero no ahondemos en la terapia, que es útil pero aburrida para cualquiera que no sea uno.

¿Sabés en qué otra cosa me dejaste pensando? No tiene mucho que ver pero es el último comentario frívolo que hago. Pensé en la militancia por Twitter, en que hay personas que se toman muy en serio el asunto, y lo convierten en una competencia narcisista por decir los 140 más lúcidos de la tuitósfera; quieren que los repitan, que los recuerden, que los sigan, que los miiiiiiren. No son todos pero son muchos. Estoy casi segura de que no estás entre ellos, la cita a Thoreau indica que jugás en otras ligas, pero si estás, pasá tu @ porfa, que quiero seguirte.

También quiero preguntarte algo que me intriga:  ¿qué hacés con tu escepticismo, adónde va?

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TPCC 2011: Maldad

“No hay peor olor que el que brota de la bondad corrompida. es la humana, la divina carroña. si supiera con certeza que un hombre viene a mi casa con el propósito consciente de hacerme bien, correría por mi vida como ese viento de los desiertos africanos llamados simún, que llena de polvo la…

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una cosita nada más

Cualquier profe de taller literario que además de quererse a sí mismo y de trabajar para que lo quieran, pone el alma en entrenar a otros para que sean la mejor versión expresiva de sí mismos, intenta que se te grabe bien la consigna más elemental de todas: hablá de lo que sabés, contá lo tuyo.

Y lo mío no siempre sale claro porque soy arisca e introvertida, pero también fui aprendiendo a mirar finito, y a no dar los talentos y la suerte que me tocó por sentado, sin revisar y revisar mandatos, contexto, y sin laburar espiritualmente un montón de cuestiones que aún no tengo resueltas.

Lo mío en estos días electorales está pasando ACÁ, en la frontera entre Retiro y San Nicolás. Si saliste un sábado a la tarde a sacar fotos, un vacío de seres humanos por la calle que hablás fuerte y capaz que sentís eco.

ACÁ algunas veces pienso que convive casi todo lo existente en la viña microcéntrica del Señor: las torres altas y negras del capital, un millón de comercios sin factura, sucuchos deprimentes, la hora y los grados farenheit del banco Itaú, el edificio del teatro Colón que de afuera se ve tan grandioso como anacrónico, y a la vuelta el otro teatro, el reducto K ND Ateneo donde no lo dejaron hablar al candidato que eligió Cristina para que caiga de la forma más merecida y ensordecedora que se puede caer.

Qué más, muchos +: el hotel Pestana que con reales también lo encontrás en la avenida Atlántica de Copacabana, con vista al mar; nuestra avenida, la 9 de julio, la más ancha del mundo, la más transitada a paso de hombre por los cortes también; jacarandás que en noviembre te llevarías a tu patio si no fuera porque hay que com-par-tir, y ficus q de crecer en donde se pueda las saben lungas; la bicisenda de Suipacha, la hilera de cabarulos con chicas que volantean en la puerta con cara triste y gestos amables, y una cuadrilla de voligomeros que si te distraés un segundo, por ahí le pifian al poste y te pegan un culo en el brazo a vos; el bizquito de bigote que todavía dice guachiguau a las chicas que tenemos plata para vestirnos bien; cuando se decidan a terminar la obra, la confitería Exedra reloaded.

Y, también, nunca menos, con riesgo de derrapar al golpe bajo: basura por donde mires, la marginalidad más absoluta, lo que alguna vez fue posible y después se lumpenizó tanto, pero tanto, que si no esquivás algunos fotogramas, volvés lagrimeando a tu casa cada día hábil de la semana.

Macri, una sola cosita nada más. Por el partido con globos que te diseñó Duran Barba, por la mayoría contundente que te votó, por Boquita, por Juliana, por el hijo que concibieron para que nazca en octubre, por las placas de bronce en el cementerio, por lo que vos prefieras: fijate si podés redoblar los esfuerzos y hacer algo en serio por tus vecinos contemporáneos, por los de Pellegrini y Córdoba y por los que sobreviven al lado del Riachuelo. Algo copado, dale, si te lo proponés con ganas en una de ésas podés.